A lo largo de la vida independiente de México, no hemos logrado tener una democracia que cumpla con los requisitos para consolidarse de manera completa, vista de una manera general, tenemos a unos ciudadanos mexicanos que no se interesan por la política, no se informan, no participan, no cuestionan, por lo menos es el caso de la mayor parte de la población. Esto tiene una explicación, y se debe a la falta de resultados satisfactorios para la población, de la desconfianza que generan los políticos corruptos que utilizan su puesto para enriquecerse, para hacer favores a las personas que pagaron su campaña, o para beneficiar a sus amigos, familiares o parientes cercanos.
La corrupción no es algo genético, ha crecido y se ha fortalecido en México alrededor de la complicidad y las amplias redes que se tejen a partir de esta, propiciada por el miedo social a la violencia de estado y la falta de controles sistemáticos que funcionen eficazmente para su definición, su prevención, su detección y una acción efectiva para corregir los incidentes cuando se verifican. La corrupción ha llegado hasta el punto de volverse, definitivamente, parte del sistema y desarrollar resistencia a cambios que pudieran limitarla efectivamente, degenerando en una guerra sucia contra el pueblo para asegurar salir impune, siendo esta impunidad el distintivo y agravante en México.
Frases como "el que no tranza no avanza", "Dios, no te pido que me des sino que me pongas donde hay, yo solito agarro" y otras similares son iconos que reflejan cuan arraigada y aceptada es la cultura de la corrupción en México, hasta convertirse en una acto inconsciente.

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